DOMINGO I DE ADVIENTO
29 de Noviembre de
2015
Adviento, tiempo de
espera
Con
este domingo iniciamos un nuevo año litúrgico en la Iglesia. Hoy I Domingo de
Adviento estamos invitados a preparar la llegada-venida de Dios. El Señor viene
a nuestro encuentro para establecer su soberanía.
La
palabra “adviento” se puede traducir por “presencia”, “llegada” o “venida”. Es
una palabra que se usaba en la antigüedad para indicar la llegada de un
funcionario a una región o a un poblado.
Pero,
también, se usaba para indicar la venida de la divinidad, que sale de su
escondimiento para manifestar su fuerza.
Los
primeros cristianos usaron esta palabra, y la aplicaron a Cristo, para indicar
que Jesús, el Rey, viene a visitar nuestro mundo. Su presencia, su visita, nos
invita a participar de la fiesta de su Adviento a todos los que creen en Él, a
todos los que creen en su presencia en la asamblea litúrgica.
Pero
también, el adviento nos asegura que Dios no se ha retirado del mundo, no nos
ha dejado solos. Aunque siga siendo invisible, Dios está aquí y viene a
visitarnos de múltiples maneras.
Tiempo de esperanza y de paz
Un
aspecto muy importante del adviento es la espera. Un aguardar que es al mismo
tiempo mantener firme la virtud de la esperanza. El adviento nos asegura que el
tiempo presente es un tiempo de gracia para recibir, como un regalo, la
salvación.
La
esperanza cristiana está inseparablemente unida al conocimiento del rostro de
Dios, el rostro de Jesús, e Hijo unigénito, nos reveló con su encarnación, con
su vida terrena y su predicación, y, sobre todo, con su muerte y resurrección.
La
esperanza verdadera del adviento está fundamentada en la fe en Dios Amor, Padre
misericordioso (como lo vamos a estar experimentando de manera particular en el
Año de la Misericordia), que “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo” (Jn
3,16), para que nosotros pudiésemos tener “vida en abundancia” (Jn 10,10).
Por esa
compañía de Dios, el Adviento es el tiempo de la alegría, de una alegría
interiorizada, que ningún sufrimiento puede eliminar. Es más, el adviento nos
estimula a que seamos capaces de amar al prójimo, para que ese amor mutuo nos
prepare a un encuentro santo con Dios, santidad total y absoluta.
Para
mejor preparar esa venida de Jesús, para este tiempo de espera, vienen a bien
unas condensadas palabras de un piadoso e intelectual franciscano,
Buenaventura, quien escribió:
“Nadie piense que basta la lectura sin unción
la especulación sin la devoción;
la investigación sin la admiración
la atención sin la alegría,
la acción sin la piedad
la ciencia sin la caridad,
la inteligencia sin la humildad,
el estudio sin la gracia divina,
el espejo sin la sabiduría inspirada por Dios”.
“Nadie piense que basta la lectura sin unción
la especulación sin la devoción;
la investigación sin la admiración
la atención sin la alegría,
la acción sin la piedad
la ciencia sin la caridad,
la inteligencia sin la humildad,
el estudio sin la gracia divina,
el espejo sin la sabiduría inspirada por Dios”.
Finalmente,
no deja de ser estrujante la creciente violencia que asola a nuestro mundo. El
Adviento es un tiempo de preparación (cuatro semanas) para recibir la Navidad;
es decir, la presencia-llegada de Cristo, Príncipe de la Paz.
He aquí
una reflexión de un filósofo: “Porque una convivencia de las personas en la paz
y en la justicia es el destino no realizado del hombre como esencia social de
que la historia política, la soberanía de Dios, crearía la posibilidad de que
la vida de cada individuo alcanzara su integridad y totalidad, su éxito”
(Wolfhart Pannenberg).
¡Ven,
Señor Jesús!
Mons.
José Francisco González González
XIV
Obispo de Campeche

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