LA EUCARISTÍA ES LA
OFRENDA DE AMOR
DEL HIJO DE DIOS
Homilía del Cardenal José
Francisco Robles Ortega, Arzobispo de Guadalajara, en la Misa del sábado 12
de Septiembre de 2015 en el VI Congreso Eucarístico Nacional Monterrey 2015.
Venerables
hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, distinguidas autoridades,
hermanos y hermanas todos, en el Señor.
Querido
Pueblo de Dios,
Con motivo
del VI Congreso Eucarístico Nacional, hemos sido congregados alrededor de la
mesa de la Eucaristía como verdadera familia de Dios, conscientes de que es
precisamente, del banquete Eucarístico, del Pan y la Palabra, de donde mana,
como agua siempre viva y saludable, la fuente perenne de la gracia de Cristo,
cuya “ofrenda de amor” se yergue como auténtica “alegría y vida de la familia y
del mundo”.
Convocados,
pues, por la voz del Padre celestial e impulsados por la fuerza del Espíritu
Santo estamos a los pies del altar de Cristo para invocar su Santo Nombre y
elevar, agradecidos, el cáliz de la salvación. ()Cf. Sal 115).
Como
ambientación previa, durante varias semanas, y en comunión y participación de
la Iglesias locales de nuestra Patria, se ha llevado a cabo un detallado
programa de preparación pastoral para cada diócesis, con implicación de las
tareas pastorales fundamentales y de las pastorales especiales, así como de los
diversos grupos, movimientos y comunidades eclesiales.
Por otra
parte, se ha acompañado esta preparación mediante reflexiones teológicas y
pastorales, con el fin de “considerar, unánimemente, con mayor profundidad un
determinado aspecto del Misterio Eucarístico” (RCFM n 109) que sin duda tienen
su culmen en la propia Celebración litúrgica de la Pascua del Señor y en la
Adoración del Santísimo Sacramento cuya pública veneración hace presente y
fortalece los vínculos de caridad y de unidad (cf. Ib., 109) no solo al interno
de la Iglesia sino también, como verdadero fermento de caridad y de unidad del
mundo entero.
Queridos
hermanos, el presente Congreso Eucarístico Nacional se viene desarrollando bajo
el tema: “Eucaristía, ofrenda de amor: alegría y vida de la familia y del
mundo”. Un tema fuertemente evocado y provocante. Se pondera, con este
tema, uno de los aspectos fundamentales de la Eucaristía. Sin duda, hemos de
considerar la Eucaristía esencialmente como “ofrenda de amor”.
A este
respecto, en la exhortación postsinodal Sacramentum caritatis, el Santo Padre Benedicto nos recuerda que el Misterio eucarístico
“es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de
Dios por cada hombre” (n.1). De hecho, hemos escuchado, en la primera lectura,
de San Pablo que con toda parresia declara: “Cristo Jesús vino a este mundo a
salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1Tm 1,15). Y esta
salvación ha sido posible gracias a la ofrenda que el Señor Jesús ha hecho de
sí mismo, a la oblación de su propia vida, de su Cuerpo y de su Sangre.
La ofrenda,
por lo tanto, que se presenta en el altar del Señor y ante si trono glorioso,
ya no es, como lo exigía la primera Alianza, la de un “cordero macho, sin
defecto, de un año” (cf. Ex 12,5). Ahora se trata de la ofrenda de la Sagrada
Humanidad del Hijo de Dios. Hermanos, confesión de fe innegable es que la
Persona divina de Nuestro Señor Jesucristo es la que se ofrenda, en sacrificio
de amor, todos los días en la Santa Misa. Esta verdad la tiene presente el
autor de la carta a los Hebreos: “En cambio, Cristo…. penetró en el santuario
una vez para siempre, no presentando sangre de machos cabríos ni de novillos,
sino su propia sangre” (Hb 9, 11-12). Y San Pedro así lo expresa en su primera
Carta: “Y sabed que no habéis sido rescatados… con algo caduco, con oro o
plata, sino con la Sangre preciosa de Cristo, cordero sin tacha y sin mancilla”
(1Pe 1, 18-19).
La
Eucaristía es la ofrenda en Persona del mismísimo Hijo de Dios, Cristo, Señor
nuestro. Y su ofrenda es perfecta ofrenda de amor. “En el Sacramento
eucarístico –dice el Papa Benedicto-, Jesús amándonos “hasta el extremo”, hasta
el don de su cuerpo y de su sangre” (SC, 1).
No es
posible que fuera de otra manera, el amor, si es digno de llevar ese nombre, ha
de ser amor hasta el extremo. Y el amor del Señor Jesús que es amor divino, con
mayor razón es un amor indefectiblemente “hasta el extremo”. El Señor Jesús nos
ama sin medida, sin condición, sin reproche, sin mérito nuestro. Se ha
entregado en sacrificio solo por amor: “Por eso me ama el Padre, porque doy mi
vida… Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y
poder para recobrarla” (Jn 10, 17-18).
Así, el
Señor Jesús, en la ofrenda concreta de su vida, nos precede y nos indica el
camino: el amor auténtico exige el sacrificio y es capaz de la ofrenda total a
favor de la persona amada, el amor auténtico no le teme a la prueba ni a la
tribulación. “El amor todo lo cree, todo lo espera, todo lo supera” (1Co 13,7).
Mientras no se llega a la prueba de fuego del “dolor” por el ser querido, el
amor aún es incierto. Pero si ese amor es capaz de soportar –y triunfar sobre-
penas y sinsabores, de compartir la enfermedad, la tristeza, la angustia o el
miedo, de encarar incluso la traición y la infidelidad, entonces sí que puede
ser considerado un “amor hasta el extremo”. Hasta el punto de dar la vida por
quien se ama (cf. Jn 15,13).
De este
modo, en el seguimiento del ejemplo oferente de Cristo se nos indica –con
radicalidad evangélica-, a cada uno como persona y a todos como familia, un
camino de vida nueva. El amor del Señor Jesús es amor de gratuidad, amor de
perdón, de reconciliación y de paz, amor de misericordia y de oblación
plena.
Esta
plenitud de amor constituye hoy, en el contexto celebrativo del VI Congreso
Eucarístico Nacional, una verdadera fuente de “alegría y vida para la familia y
el mundo”. Cada persona, cada familia, el mundo entero, está llamado a
comprender la altura y profundidad de semejante amor (cf. Ef 3, 18) y, a vivir
conforme el modelo de este amor divino, oblativo, cuyo referente único es
Cristo, el Señor (cf. Jn 13,34).
En este
momento crucial de la historia del mundo y de México, nuestra Patria, quiero
proclamar en nombre de Dios que sólo en la vivencia, concreta y cotidiana del
amor a ejemplo de Cristo, podrá la familia y el mundo experimentar una profunda
y verdadera reconstrucción. Ofrenda de amor de Cristo será alegría y vida para la
familia cuando en la familia, todos, los padres, los hijos, los hermanos, los
esposos imiten y configuren su vida con tamaño amor. Sólo en el amparo de este
amor eucarístico, los esposos, hombre y mujer, podrán vivir su amor en
fidelidad y respecto; los hijos vivirán su filiación en obediencia, honra y
ayuda a sus padres; los hermanos serán capaces de convivir en auténtica
fraternidad, fuera de envidias, egoísmo u orgullos; los esposos guiarán en
disciplina y ternura a sus hijos.
Este es el
único camino, -el del amor eucarístico-, mediante el cual, la familia, podrá
ofrecer los frutos que le corresponden a su identidad y misión en el mundo,
conforme el proyecto designado por el Padre desde la creación del mundo.
Jesús nos ha
dicho hoy en el Evangelio: “No hay árbol bueno que produzca frutos malos, ni
árbol malo que produzca frutos buenos. Casa árbol se conoce por sus frutos” (Lc
6 43-44). Y la sagrada Escritura atestigua que los frutos, buenos o malos,
brotan del corazón del hombre: “Porque de dentro del corazón de los hombres,
salen las intensiones malas, fornicaciones, robos, asesinatos, adulterio,
avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidias, injurias, insolencia,
insensatez. Todas estas maldades salen de dentro y contaminan al hombre” (Mc 7,
21-23).
Pues bien,
par que en todo tiempo y momento, y máxime en los momentos de mayor adversidad,
los frutos, sean de bondad, y no de maldad, la familia y el mundo hemos de
realizar nuestra vida en el camino del amor oblativo, del amor eucarístico de
Jesús.
Al vivir el
amor eucarístico en familia, los frutos serán sorprendentemente distintos. La
familia vivirá en “alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad,
modestia, dominio de sí” (Gal 5, 22-23). “Pues los que uno siembre, eso
cosechará… el que siembre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna”
(6,7-8). Hermanos, con la fuerza de la Eucaristía, con la fuerza de esta
“ofrenda de amor”, no nos cansemos de hacer el bien. Por tanto, mientras
tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos, así la familia vivirá en
plenitud de alegría y vida.
Plenitud que
sólo se encuentra en el amor oferente de Cristo Jesús.
María
Santísima de Guadalupe, la Madre del verdadero Dios por quien se vive, la Madre
del Amor oferente, sostenga, defienda y guíe las familias de nuestra amada
Patria para que cada una de ellas viva en fidelidad y coherencia el proyecto de
amor que el Padre de toda bondad ha designado que ellas realicen. Y así, la
Eucaristía sea fuente de alegría y vida plena para cada familia y cada persona
de esta bendita tierra, amparada por la presencia privilegiada de la
Madre de Dios.

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