LA EUCARISTÍA ES
FUENTE DE ALEGRÍA
Y VIDA PARA TODO CREYENTE
Homilía de Mons. Christophe
Pierre, Nuncio Apostólico en México en la Misa del viernes 11 de Septiembre
de 2015 en el VI Congreso Eucarístico Nacional Monterrey 2015.
Eminentísimos
Señores Cardenales.
Excelentísimos Señores Arzobispos y Obispos.
Queridos sacerdotes, consagradas y consagrados;
hermanas y
hermanos todos.
Con profundo
gozo celebramos también hoy la Eucaristía mientras participamos con fe y
gratitud al Sexto Congreso Eucarístico Nacional cuyo lema: “Eucaristía, ofrenda de amor: alegría y vida de la
familia y del mundo”, va con todos; porque para quien vive del
amor infinito de Dios que de maravillosa y particular manera se nos da en el
Sacramento del amor, nunca hay espacio para la tristeza. La Eucaristía es
fuente de alegría y de vida para todo creyente en Cristo, para toda comunidad
eclesial y para el mundo entero.
Participamos
en el Congreso y celebramos esta Eucaristía con sentimientos semejantes a los
que San Pablo nos comparte en su primera carta a Timoteo, diciendo: “Doy gracias a Aquel que me ha fortalecido, a
nuestro Señor Jesucristo, por haberme considerado digno de confianza”, y porque “la gracia de nuestro
Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor que provienen de Cristo
Jesús”.
¡Sí!,
queridas hermanas y hermanos. También a nosotros, a cada uno de nosotros, el
Señor nos ha concedido desbordante su gracia al darnos la fe y el amor que
provienen de Cristo Jesús; más aún, del amor que es Jesús mismo, “rostro de la misericordia del Padre” que en Él, “se ha vuelto viva,
visible y ha alcanzado su culmen” (Misericordiae Vultus, 1).
Ojalá,
entonces, que la celebración de nuestro Congreso y de esta Eucaristía, sea para
todos y cada uno oportunidad nueva y propicia para estar cerca de Aquél que
asumió nuestra naturaleza humana haciéndose cercano a los hombres. Ocasión para
agradecer a Dios el gran regalo de la presencia sacramental de Jesús; para
confesar abiertamente y con alegría nuestra fe; para animarnos mutuamente a
rendir homenaje a Jesús, Señor y Dios nuestro; para venerarlo públicamente
presente en el Santísimo Sacramento; para renovar con Él la alianza en el amor
que Él nos ha mostrado en la ofrenda total de sí mismo en la cruz; para
adorarlo Resucitado y, también, para que siguiéndolo e imitándolo, nos
decidamos a ser Eucaristía para todos los hombres.
Jesús, la
víspera de su muerte redentora sobre la cruz realizó aquello que había
anunciado: “Yo soy el pan vivo
bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo
daré es mi carne para la Vida del mundo… El que come mi carne y bebe mi
sangre permanece en mí y yo en él” (Jn
6,51.56). Jesús tomó el pan, pronunció la oración de bendición, lo partió y lo
dio a sus discípulos, diciendo: “¡Tomen!, esto es mi
Cuerpo” (Mc 14,22). Última Cena que representa el
punto de llegada: la entrega total de la vida de Cristo. No solamente
anticipación de su sacrificio que se cumple luego sobre la cruz, sino también
culmen de una existencia ofrecida al Padre por la salvación integral y total de
la humanidad entera.
Jesús
instituyó la Eucaristía, y lo hizo por y para nosotros, para rescatarnos siendo en Él;
para estar en comunión con nosotros y para que nosotros estemos en comunión con
Él, de tal manera, que al celebrar la Eucaristía y recibirla, la Pascua del
Señor se convierta en la forma misma de vida de cada uno. El Señor nos da la
Eucaristía participándonos su ser, su actuar, su morir y su vivir, y lo hace,
mostrándonos cómo hay que vivir y como hay que donarse para llegar con Él a la
resurrección.
En la
Eucaristía, cumbre de la acción salvadora de Dios, haciéndose pan partido por y para nosotros,
el Señor Jesús vierte sobre cada uno toda su misericordia y su amor, renovando,
de este modo, nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro modo de
relacionarnos con Él y con los hermanos. En su inmenso amor por el hombre, sin
reivindicar para sí prerrogativas, en la Eucaristía Jesús se hace hermano y
bendición, invitándonos a vivir según su propio estilo, a aprender de Él, a
aprender a cargar el peso de los otros, a hacernos cargo de la historia y de la
humanidad que sufre, a hacer comunión con el pobre que tiende hacia nosotros su
mano, con el que sufre e implora ayuda, con aquel que pide nuestra atención y
espera nuestra acogida. Porque, -como ha dicho el Papa emérito Benedicto XVI-, “en cada uno de estos “más pequeños” está presente
Cristo mismo. Su carne se hace de nuevo visible como cuerpo martirizado,
llagado, flagelado, desnutrido, en fuga..., para que nosotros lo reconozcamos,
lo toquemos y lo asistamos con cuidado”(Misericordiae Vultus, 15). Hacer por tanto “comunión” con Cristo,
realmente presente en la Eucaristía, y “hacer comunión” con el Cristo presente
también en los otros para, como Cristo, ser don de gozo y de vida para los
demás.
Jesús está
realmente presente en la Eucaristía. El pan y el vino consagrados son real y
verdaderamente Él mismo. Son signo sacramental y presencia de una vida donada
hasta sus últimas consecuencias, que nos llama a participar en ella. Así,
cuando “comulgamos” somos asociados a la vida de Jesús, entramos en comunión
con Él, pero también manifestamos nuestra voluntad y disponibilidad para
aceptar el compromiso de realizar la comunión entre nosotros, y de hacer de
nuestra vida un don semejante al de Cristo a favor de todos los hombres.
Porque, “quien reconoce a Jesús en la Hostia
Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y tiene sed, que
es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a cada persona, se
empeña, en manera concreta, por todos aquellos que están en necesidad” (Benedicto XVI).
Ya, de suyo,
la condición del pan y del vino que en cada celebración eucarística son
ofrecidos y presentados, y que luego se convertirán en el Cuerpo y la Sangre
del Señor, nos remiten e insertan desde el principio en la materialidad de la
historia concreta de la humanidad, nos conducen a la consideración de las
raíces últimas de los conflictos y de tantos sufrimientos, de las causas de la
corrupción, de la discriminación y de la desigualdad, al mismo tiempo que nos
llevan a evocar la bendición de la naturaleza y la laboriosidad ingeniosa. Es
decir, el pan y el vino son signos también de la realidad contradictoria de la
existencia necesitada de una trasfiguración al estilo de Jesucristo; de una
transformación que responda a la finalidad originaria de la creación.
Pero el pan
y el vino nos remiten, además, al simbolismo bíblico y natural de la comida de
cada día que a todos nos es necesaria para vivir, y que todos deberíamos tener,
y nos dirige, también, al simbolismo bíblico del vino de la abundancia, de la
fiesta, de la alegría que a nadie debería faltar. Sin olvidar, por otra parte,
que el pan y el vino son signo de nuestra participación, si bien pequeña y
limitada, en la obra de Cristo.
Porque, para
saciar el hambre de pan y la sed de felicidad que experimentamos todos los
hombres en lo más profundo, El Señor tiene necesidad de lo que cada uno está en
posibilidades de darle: en las Bodas de Caná Jesús recibió de los sirvientes el
agua transformada luego en vino, y para la multiplicación de los panesnecesitó de
aquellos pocos que para sí tenía un muchacho. También aquí debe hacerse
presente lo nuestro: el poco pan y el poco vino que tenemos, pues sin ellos no se hace Eucaristía. Por tanto, dar
todo lo que somos y tenemos, –que nunca es mucho-, para que tenga lugar la
transformación de la vida: de la nuestra y la de los demás.
Muy queridas
hermanas y hermanos. En la Eucaristía, Jesucristo nos llama a “hacer comunión”
con Él y con los hermanos; nos invita a seguir existencialmente sus pasos y a
dejarnos transformar en Eucaristía para los
demás, es decir, en don de gozo generoso y de vida
verdadera para todos, pensando como Él, decidiendocomo Él, viviendo como Él, donándonos como Él. En la Eucaristía Jesús viene a recordarnos que en la
realización de su proyecto cuenta con cada uno, en y desde la comunión con Él;
y viene para recordarnos que es en y de la Eucaristía, que obtendremos la fuerza y el dinamismo necesario
para vivir donándonos.
En torno a
María, los Apóstoles recibieron la fuerza para ser de Cristo, para estar con
Cristo, para seguir hasta sus últimas consecuencias a Cristo, para anunciar con
valentía el Evangelio de Jesucristo y el triunfo de la vida sobre cualquier
tipo de muerte.
En la cruz
de Jesús, junto a María: Mujer Eucarística, la Iglesia se hace Eucaristía.
Comprometámonos
también nosotros aquí, junto a María, a ser con Cristo, por Cristo y en Cristo,
Iglesia Eucarística: ofrenda de amor, de alegría y de vida para cada familia y
para el mundo entero. Iglesia en comunión con Cristo, entre nosotros y con
todos los hombres, especialmente con quienes, hoy, mayormente nos invitan a ser
misericordiosos, como el Padre celestial es misericordioso. Y que así
sea.

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