UN PUEBLO
ENVENENADO
11 de Noviembre de 2015
Artículo escrito por Mons.
Felipe Arizmendi Esquivel, Obispo de san Cristóbal de las Casas, Chiapas.
VER
Me
preocupó lo que dijo un agente de pastoral en una de las visitas que hago a las
parroquias: “Yo pedí a mis superiores venir a este lugar y quiero seguir
aquí; pero me he encontrado un pueblo envenenado, porque rechaza todo lo que se
le propone, lo que considera que viene de fuera; desconfía de todo y todo lo ve
mal. Así, es muy difícil trabajar”.
Lo que
dijo este hermano se podría aplicar a muchos ambientes, a creadores de opinión,
a líderes que sólo resaltan lo que a su juicio es negativo. A veces se basan en
datos no del todo comprobados. Sólo ven el prieto en el arroz y son
desconfiados por sistema.
Si se
anuncia que viene el Papa, afirman, como si fueran muy conocedores de todo lo
eclesial, que viene a hacer política, a ampliar su dominio, a recoger muchas
limosnas para el Vaticano, a legitimar un gobierno… ¡Cuánta imaginación e
ignorancia!
Si se
habla de reformas estructurales, todo está mal y nada es bueno. Desde luego que
yo tampoco apruebo todo, pues esas reformas son sólo engranajes para consolidar
un sistema económico que no es justo ni equitativo.
Si se
trata de Ayotzinapa, se desconfía de las versiones oficiales y se apoya sin
discernimiento las opiniones contrarias. Es explicable esto, porque muchas
actitudes y procesos de los gobiernos se han ganado a pulso la desconfianza,
por la corrupción y los intereses políticos que subsisten.
Si hay
elecciones, unos dicen que eso para nada sirve; que lo que se necesita es una
revolución, incluso armada, porque de otra forma no cambiaría el sistema.
Observe
y escuche usted lo que se dice y se proclama en mítines, marchas y
manifestaciones, incluso en noticieros amarillistas y en la prensa
antisistémica; verá que todo está muy mal. En muchos análisis de la realidad,
lo único que se describe son problemas, deficiencias, errores, peligros e
injusticias, como si en la vida no hubiera nada positivo. Nos dejan la
impresión de que todo está perdido y nada se puede hacer. Sale uno
apesadumbrado, dudando de todo y de todos, con ganas de huir.
PENSAR
Nos ha
dicho el Papa Francisco: “Ojalá el mundo actual –que busca a veces con
angustia, a veces con esperanza– pueda recibir la Buena Nueva, no a través de
evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través
de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han
recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo” (EG 10).
“Una de
las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia
de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de
vinagre. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que
seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san
Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad». El
mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de
tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y
egocéntrica” (85). Estamos llamados a ser personas-cántaros
para dar de beber a los demás. ¡No nos dejemos robar la esperanza!” (86). “Los
desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría,
la audacia y la entrega esperanzada” (109).
“Una
auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo
deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de
nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha
puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y
cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La
tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos” (183).
“El
hombre no puede vivir sin esperanza. Si pensamos que las cosas no van a
cambiar, recordemos que Jesucristo ha triunfado sobre el pecado y la muerte y
está lleno de poder. Jesucristo verdaderamente vive. Cristo resucitado y
glorioso es la fuente profunda de nuestra esperanza” (275).
ACTUAR
Seamos
realistas y no ingenuos. No minimicemos los problemas ni andemos por las nubes.
Pero seamos objetivos, para valorar lo positivo y, con esperanza, luchar contra
lo negativo.

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